miércoles, 7 de octubre de 2015

Los últimos chimpancés de Senegal - José Naranjo

El Instituto Jane Goodall-España y el pueblo de Dindefelo se conjuran Su misión: proteger el amenazado hábitat de medio millar del 'pan troglodytes verus'

Antes, Diba Diallo, de 30 años, desconfiaba de los chimpancés. En su pueblo, Dindefelo, se contaban toda suerte de historias sobre ellos. Que podían ver el futuro, que si te cruzabas con uno y estabas embarazada, el bebé nacía con cara de mono, o que eran agresivos. "Cuando iba a por agua a la cascada, nunca me salía del camino, temía encontrarme con uno". Ahora, Diba es asistente de investigación del proyecto que desarrolla el Instituto Jane Goodall-España (IJG) en la región de Kedougou, en el sur de Senegal, donde vive la última población de chimpancés que queda en el país. Cada día sale al campo para contar nidos, analizar restos de comida o para comprobar los cambios en el hábitat de estos animales singulares, tan próximos al ser humano. "Mi generación no sabía nada de ellos, no sabía nada de la naturaleza. Ahora tenemos una visión diferente, somos conscientes de nuestro tesoro aquí, en Dindefelo".
Como casi todas las historias, esta empieza por casualidad allá por el año 2004. El padre de la criatura es Ferrán Guallar, un economista catalán que trabajaba en Microsoft y que, harto de despachos y corbatas, ese año decidió coger la mochila y recorrer medio mundo. "Cuando llegué a Tanzania me acerqué hasta Gombe porque quería entrevistar a Jane Goodall, quería conocerla", asegura. La famosa primatóloga inglesa no sólo estaba en Gombe, lo que no es nada habitual pese a que hace 55 años que investiga a los chimpancé salvajes en este parque nacional, sino que le recibió. Tras la entrevista, le propuso montar una delegación de su instituto en España. Sólo tres años más tarde, el propio Guallar y el antropólogo Federico Bogdanowicz —hoy vicepresidente de de la institución en España— ya la tenían registrada y en marcha. Poco después, Guallar viajó a África con un proyecto de turismo sostenible. Y recaló en el sur de Senegal. “Nadie estaba trabajando por la conservación de los chimpancés en este país y el IJG no estaba activo en África occidental, así que pusimos en marcha el programa”, explica.
El fundador y presidente del IJG en España habla a la protectora sombra de los techos de bambú y paja de la flamante Estación Biológica Fouta Jallon, uno de los últimos hitos logrados por el equipo del IJG en Senegal. Inaugurada en febrero de 2014 por la propia Jane Goodall, está construida en cemento y adobe respetando el modo tradicional y totalmente integrada en el paisaje. Tiene cuatro cabañas con capacidad para unas 12 personas y varios espacios comunes, como un aula de formación, laboratorio, cocina, comedor, sala de trabajo y hasta un pequeño huerto gestionado por las mujeres del pueblo de donde salen verduras y hortalizas para completar la dieta local. La estación biológica nace con la idea de albergar a investigadores y doctorandos, se abastece de placas solares y cuenta con un pozo propio para obtener el agua.
El primer objetivo del programa del IJG en Senegal es la conservación del chimpancé, que se encuentra amenazado por la presencia humana. “El problema no es tanto que los cacen, porque aquí no se consume su carne, sino la pérdida de su hábitat debido a la actividad humana”, asegura Guallar. El pan troglodytes verus (así se llama la subespecie) necesita de vegetación abundante y puntos de agua, y la apertura de campos de cultivo ha provocado la reducción y fragmentación de estos espacios. “Si se trabajan nuevas tierras y no se dejan corredores entre los distintos grupos de chimpancés, es una muerte más lenta, pero es una muerte segura”, explica. Por eso, uno de los primeros logros del IJG, alcanzado en 2010, fue conseguir que las autoridades senegalesas competentes crearan la Reserva Natural Comunitaria de Dindefelo, con una superficie de unas 14.000 hectáreas, en las que la prioridad es proteger a los chimpancés (ya se está trabajando para crear otra área protegida en Diakateli y extenderla luego a la cercana Guinea en una reserva transfronteriza de casi 100.000 hectáreas).
El último censo, de 2003, recogía una población de entre 300 y 500 individuos

El proceso no fue fácil; hubo que convencer a la comunidad de que esto les traería beneficios. “La gente desconfiaba porque cuando se creó el vecino Parque Nacional de Niokolo Kobá echaron a gente de sus tierras sin darles ninguna compensación. Tuvimos que explicarles que aquí no se trataba de desplazar a nadie, que el chimpancé podía generar alternativas económicas, como el turismo, y que tan solo habría algunas restricciones”, añade Guallar, quien destaca la excelente colaboración y la “visión compartida” con las autoridades locales personificada en el que fuera presidente de la Comunidad Rural y hoy alcalde, Kikala Diallo. Un ejemplo: el IJG creó unos lavaderos para que las mujeres no fueran a lavar la ropa a la cascada, donde suele merodear y beber un grupo de chimpancés. Otro: cada vez que alguien quiere cultivar en una zona nueva, debe solicitar un permiso a la Reserva.
El programa de conservación es posible gracias al compromiso de los trabajadores, muchos de ellos locales, pero sobre todo por la generosidad de decenas de voluntarios, que conviven con los vecinos. Literalmente. Se alojan en sus casas, comen su comida y juegan con sus hijos. A sus anfitriones les llaman "mi madre y mi padre", a los hijos de estos "hermanos". Se crea un vínculo muy estrecho que se extiende en todos los aspectos de la vida y que, además, representa unos ingresos extra para la comunidad. En la actualidad hay una veintena de ellos que van rotando constantemente y que viven en diferentes pueblos, algunos de ellos alejados hasta cinco horas a pie de Dindefelo.
Por allí ha pasado gente de todos los colores y todas las procedencias: biólogos, ambientalistas y técnicos forestales por supuesto, pero también periodistas, administrativos, diseñadores… Y trabajo no falta, desde la educación ambiental hasta la formación de eco-guías, pasando por la elaboración de un boletín de la Reserva, la ardua tarea de llevar las cuentas de todo o, incluso, la organización de un torneo de fútbol con el trasfondo de la sensibilización. En este momento está abierta una campaña de captación de voluntarios para Senegal.
Dos alumnas toman nota en el campo durante una de las formaciones. El Instituto Jane Goodall ofrece cursos de primatología, de guía eco-turístico o de investigación aplicada a la conservación. / INSTITUTO JANE GOODALL
Pero, sin duda, junto a la conservación, la otra gran actividad del IJG en Senegal es la investigación. Es necesario conocer al chimpancé para poder protegerlo. Y de todo ello está al frente la primatóloga Liliana Pacheco. “La desaparición de los bosques y la falta de agua debidas a la actividad humana y al cambio climático son los principales problemas a los que se enfrentan estos animales. Antes llegaban hasta Gambia, pero ahora sólo quedan en esta región de Kedougou”, asegura. El último censo de 2003 recogía una población de entre 300 y 500 individuos, pero la experta cree que puede haber más ejemplares. Eso sí, amenazados. “En la actualidad, uno de los grandes peligros es la actividad minera (Kedougou atrae a decenas de miles de personas y a grandes empresas en una suerte de fiebre del oro). Y lo creo porque es una actividad no sostenible, es devastadora”. En las últimas semanas se ha abierto una explotación aurífera artesanal en Segou, muy próxima al hábitat de los chimpancés.
Liliana Pacheco y su equipo, entre los que hay varios asistentes locales, acostumbran a realizar salidas al campo para seguir a los grupos de chimpancés. “Es un seguimiento ecológico, te basas en indicios indirectos, como las heces, los nidos, los restos de comida, porque hasta ahora la finalidad no ha sido observarlos directamente, no hacemos estudios de comportamiento”. Aun así hay un subgrupo de chimpancés, el más próximo a Dindefelo, que está semi habituado a la presencia de investigadores. Los toleran. Este grupo está formado por nueve individuos y suele estar en el bosque de galería próximo a la cascada. El líder, al que han bautizado como Sinthiou, es un macho adulto de unos 30 años que acostumbra estar acompañado de Male, un juvenil, su compañero de aventuras. Asimismo, hay tres hembras adultas y varios infantiles, aunque no van siempre todos juntos, sino que a veces se separan. “Su organización social es de fusión-fisión”, añade Pacheco.
Estos simios están amenazados por la pérdida de su hábitat debido a la actividad humana
Los investigadores se reparten por cinco zonas desde donde parten cada mañana, temprano, para trazar un mapa ecológico de la zona. Se trata de analizar a fondo la presencia de chimpancés, conocer sus zonas de paso, de nidificación, lo que ayuda a protegerlos de la actividad humana, como la tala o la deforestación para la agricultura... Hoy se dirige hasta un pueblo llamado Nandumari el ingeniero forestal Roberto Martínez. Debe subir una empinada cuesta y caminar más de dos horas. En la aldea no hay luz ni agua corriente ni cobertura de móvil, pero los voluntarios del IJG se han mimetizado con el ambiente. A  primera hora del día siguiente inicia el descenso al frondoso valle para intentar localizar a un grupo de chimpancés. Escucha sus gritos al otro lado, ya casi en la frontera con Guinea, y, tras cruzar, ve nidos y restos de comida, sobre todo el fruto del baobab que precisamente en francés se llama pan de mono. Pero los chimpancés están hoy escurridizos. "Lo primero que debemos hacer es detener la alteración del ecosistema, eso es lo más importante, porque luego la naturaleza hace el resto, eso sí, a su ritmo. El bosque seco subtropical es el más amenazado de África por la falta de agua y la acción del hombre, la presión antrópica es enorme", cuenta Roberto mientras vuelve a Dindefelo.
Una de las ideas del proyecto del IJG es promocionar el turismo sostenible. Para ello no descartan que un día pueda haber observación de chimpancés. “La única manera de que la Reserva se pueda mantener por sí misma es teniendo un producto de alto valor”, apunta Ferrán Guallar. Pero esto hay que hacerlo con mucho cuidado, con grupos muy reducidos y de manera bien organizada. “El sector turístico está interesado en este tipo de posibilidades”, añade. Dindefelo ya era un destino a pequeña escala, pero esta posibilidad podría generar un flujo interesante de visitantes. Los tres campamentos turísticos que existen en el pueblo, uno de ellos gestionado por la propia comunidad, sueñan con que llegue ese día.
Esa noche hay fiesta en el pueblo. Una de las voluntarias, Elena Mellado, quien ha estado al frente del departamento de Comunicación durante muchos meses, regresa a España. En el patio de la casa de su familia adoptiva, a la luz de la luna, tres griots peul (músicos de esta etnia) tocan y cantan mientras las mujeres y las niñas, vestidas para la ocasión, bailan golpeando el suelo con las plantas de sus pies descalzos. Es uno de esos momentos mágicos que África da de vez en cuando. "El pueblo ha cambiado", asegura Diba Diallo. "La creación de la Reserva nos ha traído nuevas oportunidades. Hay teatro para los niños, cosas que hacer, movimiento de gente. Y nosotros ya no cortamos los árboles como antes, conocemos mejor la naturaleza. Al principio hubo gente que se resistió, pero acabaron entendiendo. Y a mí, personalmente, estar cinco minutos sentada contemplando a un chimpancé me parece la experiencia más increíble del mundo".

JOSÉ NARANJO Dindefelo (Senegal) 5 MAR 2015 - 11:14 CET EL PAIS

Foto 01: Un chimpancé joven observa al fotógrafo entre las hojas. / HELIO-VAN INGEN



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